El Capitulo II
EL SEXO CONYUGAL SIN TABÚES

El acto sexual puede ser comparado con la danza. Cada pareja, de a poco, descubre sus reacciones, sus condicionamientos biólogicos y psicológicos individuales. Unas parejas se sienten magníficamente bailando un vals, otras aman el rock and roll y otras el fogoso samba.
Algo similar ocurre en el lecho conyugal: cada pareja tiene su propia danza, única en su especie, parecida a otras sólo en apariencia.
Por eso es tan importante que los esposos, ante todo, se escuchen a sí mismos (sus deseos y necesidades, las reacciones de sus cuerpos) y juntos busquen las formas de expresión de su amor; las que los ayuden a consolidar el lazo conyugal, las más adecuadas, cómodas, que les ofrezcan la mayor riqueza de las vivencias sexuales y que mejor se adapten a las expectativas de ambos
Es difícil imaginarse un matrimonio feliz sin un diálogo sobre su vida sexual. Por eso es tan importante que los esposos se informen mutuamente sobre lo que les gusta y lo que no en la relación sexual.
El diálogo sobre temas íntimos a menudo suele estar entorpecido por las erradas creencias acerca de masculinidad y feminidad, las que sugieren que el varón siempre debe saber lo que brinda más placer a la mujer, y ésta debe esperar hasta que él caiga en la cuenta de qué es lo que más le gusta. Es necesario tratar la búsqueda de la relación sexual más satisfactoria para ambas partes como el camino imprescindible en la conquista de la experiencia compartida en el arte amatorio. Los errores y fracasos no pueden achacarse a la responsabilidad moral.
1. Comencemos por la ternura
El comienzo de la celebración del encuentro conyugal incluye expresiones de ternura, besos, masajes, caricias sexuales, que actúan sobre la armonía emocional de los esposos y la conciencia del vínculo erótico. El fin inmediato de esas conductas no es despertar rápidamente la excitación, sino reforzar el sentimiento del amor a través de la creación de una atmósfera de intimidad, confianza y calor emocional que ayude a vencer la vergüenza, el temor y la inseguridad...
En el hombre la eyaculación es acompañada por un placer “automático”. Por eso, por naturaleza, quiere mantener relaciones lo más frecuentemente posible. En la mujer, asumir la convivencia sexual y el riesgo asociado a un posible embarazo en muchos casos no resulta “automáticamente” premiado por la naturaleza con una fuerte vivencia de placer. En muchas ocasiones, se decide a mantener una relación sexual más por amor a su esposo que por propia necesidad. Por eso es importante que durante la relación el marido trate de de agradecer a su mujer la entrega, el esfuerzo y el riesgo...
2. Caricias permitidas y no permitidas
Cuando los esposos comienzan a acariciarse con la intención de llevar a cabo un acto sexual pleno, cada conducta (clases de caricias, posiciones sexuales) que tiene como fin la excitación está permitida y es grata a dios.
El Magisterio de la Iglesia no se pronuncia acerca de cuestiones tan específicas como el límite de las caricias durante el juego previo. Las declaraciones en las que ha sido involucrada la autoridad papal se refieren sólo indirectamente a este tema; por ejemplo, cuando se habla sobre el permiso para buscar el placer en virtud de la voluntad del Creador, pero sin definir de qué modo los esposos pueden realizar ese deseo. En esas situaciones, cuando no hay un pronunciamiento vinculante del Magisterio, las opiniones morales dependen en gran parte de la sensibilidad personal, el saber, las percepciones estéticas, la educación.
Pero las enseñanzas de la Iglesia no son universalmente conocidas y por eso a menudo los esposos católicos se preguntan si el sexo oral (del latín oralis; os, oris: labios) durante el juego previo es moralmente admisible. Las dudas con frecuencia se originan en que tal forma de caricias está propagada por la pornografía, que de este modo trata de atraer a la clientela. En ese contexto aparece como una clase de sexo rebuscado, carente de amor, y del cual los esposos toman distancia. Pero el clima de una página pornográfica no es el clima del amor conyugal. No se puede equiparar estas dos realidades ni mezclarlas en base a asociaciones directas...
Los varones experimentan un gran placer cuando son excitados en forma oral por las mujeres. Aprecian el compromiso de sus esposas. Tampoco tienen resistencias para excitar de ese modo a las mujeres, a menudo incluso lo desean. Las reacciones de las mujeres son más diversas. Hay mujeres a las que no les gusta para nada excitar así a los varones. Algunas sienten repugnancia, otras se sienten humilladas. Muchas mujeres aceptan de buena gana tales caricias de su esposo y las disfrutan...
3. El orgasmo no lo es todo
La cultura consumista promueve el orgasmo como la culminación del acto sexual. Mirando al acto sexual desde el ángulo del placer, considera que el orgasmo es el momento más importante del intercambio sexual. Es un punto de vista erróneo. El momento más significativo y culminante es el momento de la penetración en la vagina de la mujer. Es el momento de la unión, de ser “una sola carne” no sólo en el sentido de la mayor proximidad física, sino también de la unidad psicológica y espiritual. Es importante que los esposos sean conscientes del peso de ese momento y quieran permanecer el mayor tiempo posible en esa unión...
La finalidad de la convivencia sexual no es sólo el placer, sino algo mucho más duradero: la construcción del vínculo, la vivencia de la unidad en el encuentro íntimo de dos personas que se aman.
En el cuerpo de la mujer, el varón encuentra una especie de hogar, se sumerge en un lugar cálido y acogedor. La mujer, recibiendo al varón, abrigándolo como sólo ella puede hacerlo, se siente plena. En sus brazos, el varón experimenta la feminidad, la mujer percibe la masculinidad. Precisamente así se crea la unidad.
Una excesiva concentración sobre el aspecto fisiológico de la convivencia sexual empequeñece sus elementos más importantes. Lograr el orgasmo no es la pauta para evaluar la calidad de la comunicación interpersonal. El orgasmo es una experiencia que acompaña el encuentro, lo completa, se enraíza en el cuerpo, “da fuerza expresiva a una experiencia más profunda y total, como es la unión de los corazones”.
Este modo de pensar es particularmente importante para las mujeres, cuya vivencia del orgasmo depende de varios factores: la edad (muchas esposas jóvenes se preocupan inútilmente por su falta, sin saber que la mujer alcanza la madurez sexual más tarde que el varón), el estado de salud, las preocupaciones laborales o domésticas, la relación con el marido, la tranquilidad de conciencia… Es muy importante tener una mirada positiva y afirmativa sobre la sexualidad, el cuerpo, la feminidad… Es preciso recordar que hay mujeres que durante el acto sexual no experimentan un especial placer, pero igual se sienten felices y encuentran gran alegría en la intimidad, en la sensación de seguridad, en el amor.
El varón debería recordar que el principal criterio que confirma su masculinidad no es sólo conducir a su esposa al orgasmo, sino expresarle el amor, ser capaz de establecer una profunda relación espiritual y psicológica; o sea, una unión más plena con ella. Cuando adore a su esposa, la cuide, entonces le facilitará el desarrollo sexual.
Concentrarse ante todo en el encuentro con otra persona a menudo permite resolver muchos problemas, desarrolla la sexualidad de la mujer y espiritualiza al varón. Centrar la atención en el logro del orgasmo y, en base a su intensidad, evaluar la calidad de la relación, priva a la mujer y al varón de la apertura a las experiencias espirituales y psicológicas del encuentro con la persona amada...
4. Entre la pasión y el deseo
A menudo confundimos el concepto “pasión” con el concepto “deseo carnal”. Corrientemente los dos conceptos se usan de forma indistinta. Pero en la Iglesia, desde los tiempos de San Agustín, se entiende que el deseo carnal está relacionado con el pecado original. Por eso, en el terreno de la Iglesia hay que tener cuidado de no utilizar los dos conceptos como sinónimos, ya que tienen significados por completo diferentes.
El placer sexual acompaña el encuentro de los esposos que se aman. Dios, quien creó el placer sexual, acepta plenamente esa sensación humana, permite que se goce durante el acto conyugal...
El placer sexual no puede ser tratado sólo como cualquier reacción del cuerpo, sino también como una manifestación y, al mismo tiempo, una intuición del encuentro que se produce en los niveles más espirituales de los esposos que se aman
La búsqueda del placer no es sólo un deseo de intensidad cada vez mayor, sino también de un amor más profundo, del cumplimiento último, la búsqueda oculta cuyo límite es el infinito. Bajo el influjo de la gracia de Dios, la pasión se convierte en el hálito carnal del alma que abarca el nivel corporal del ser humano...
La intención del Evangelio es precisamente que el acto conyugal se viva como totalidad. La devolución de toda la dignidad al acto sexual se realiza mediante el descubrimiento de que es signo del verdadero y duradero amor de las personas, y no sólo la expresión del deseo por un cuerpo humano. Por tanto, el placer de la convivencia sexual tiene un hermoso rol que desempeñar, pero sólo cuando se lo comparte, se lo da a la otra persona; cuando es vivido en diálogo, en comunión con ella. Si la convivencia sexual se dirige a la creación de tan profunda relación entre las personas, de un vínculo de amor verdadero, entonces el placer que sentirán los esposos se identifica con el bien creado. Se les aparece como magnífica y deseada, y así será en realidad. Es ésta la comprensión que conduce al hombre al encuentro con Dios. El misterio del amor de los esposos cristianos trasciende las vivencias de los sentidos.
En el lenguaje teológico el concepto “deseo carnal” describe un estado del corazón, de las más profundas esferas espirituales del ser humano. Se manifiesta exteriormente también a través del cuerpo como expresiones de soberbia, avaricia, envidia, lujuria. El deseo carnal es fuente de pecados que destruyen la unidad, el amor, la armonía entre las personas. Tratar el placer sexual como manifestación de una naturaleza pecadora, confundir las decisiones humanas, de las que hay que hacerse cargo, con las reacciones del cuerpo humano no tiene nada que ver con el catolicismo...
Tratar el placer sexual como manifestación de una naturaleza pecadora, confundir las decisiones humanas, de las que hay que hacerse cargo, con las reacciones del cuerpo humano no tiene nada que ver con el catolicismo.
La pasión en el lecho conyugal no puede ser entendida negativamente como un brutal deseo carnal que embota el entendimiento, anula la capacidad del hombre para elegir el bien y degrada el acto sexual al nivel de una reacción puramente biológica, que nada tiene en común con los asuntos del espíritu...
Durante el acto conyugal, el hombre puede alcanzar en el tiempo y en el espacio cierto misterio (misterium) que por un momento lo hace feliz. Hablar sólo de lujuria, de la búsqueda de placer, es una limitación al describir una relación íntima. Reducir el acto sexual a experiencias materiales y biológicas es comparable con la habilidad de leer letras sueltas, pero sin la capacidad de reunirlas en una palabra. Restringir el éxtasis a la sola experiencia fisiológica es una reducción de la experiencia humana del amor...
El amor entre los esposos, que se expresa en el acto sexual, hace que la corporalidad del ser humano sea elevada hacia el cielo...
El éxtasis asociado con la alegría de la convivencia sexual puede compararse con la felicidad de la vida eterna.
Los esposos cristianos, gracias a la espiritualidad que los aproxima entre sí, pueden gozar de mayor alegría en su vida sexual que el resto de la población...
5. La realización física y espiritual
Durante la convivencia sexual, el varón experimenta muy fácilmente el orgasmo. En cambio, la mujer puede descubrir el placer sexual lentamente. Las sensaciones sexuales en ella se despiertan y crecen de a poco. Cuando la mujer ya está excitada desea experimentar, tal como el varón, un placer total. La sensación de insatisfacción sexual de una mujer excitada es un gran sufrimiento físico y psicológico. La mujer que no ha tenido tiempo de llegar al orgasmo a causa de una relación demasiado breve para ella “puede permitir que el marido la satisfaga de cualquier otro modo”. Sólo después de experimentar un orgasmo la mujer se siente plenamente satisfecha.
El amor del marido por su esposa lo obliga a que después de su propia satisfacción acarice la vulva y el clítoris hasta que ella alcance el orgasmo. El marido perjudica a su esposa si la deja insatisfecha...
A la mujer le resulta difícil “comprender que la vivencia del varón tiene determinado principio y final. Para ella, el acto de amor está inscripto en la totalidad de la relación mutua. Cuando la mujer recuerda magníficos momentos de amor, el varón ya está pensando en el siguiente encuentro íntimo.
El marido perjudica a su mujer si la deja insatisfecha.
La sensualidad femenina es diferente de la masculina y no se la puede medir con la vara de la satisfacción masculina.
El amor que los esposos se han demostrado durante el acto sexual influye sobre su vida diaria. Después de una buena relación sexual plena de amor, el mundo les parece más colorido, mejor. El clima de la casa mejora. Los maridos se suavizan, las esposas se tornan más comprensivas y alegres. Los varones observan que tienen más energía, los entusiasma más el trabajo, están listos para enfrentar desafíos que hasta el momento habían pospuesto. Las mujeres que se sienten amadas permanecen unidas a su marido en pensamiento y corazón, se comprometen más vigorosamente en la vida familiar y resuelven los problemas cotidianos con más facilidad; crece su alegría de vivir.
La experiencia del acto sexual humano no está totalmente descrita si no se contempla su dimensión espiritual. Al describir esa experiencia es posible concentrarse en los fenómenos fisiológicos (descarga de la tensión sexual) o en sus frutos psicológicos (calma, satisfacción, moderación, vivencia de la intimidad…). Cuando enunciamos las ventajas de la entrega total en el acto conyugal, merece la pena que como católicos advirtamos no sólo la descripción del bienestar físico y psicológico, sino también la gracia de recibir los dones espirituales expuestos en la carta a los Gálatas (5, 22-23): amor, alegría, paz, paciencia, bondad, benevolencia, autodominio. Por el poder del sacramento del matrimonio, el acto sexual se convierte en un gesto de Cristo, a través del cual “el Espíritu Santo acrecienta su presencia en los corazones de los esposos, despierta el amor que empapará toda su existencia terrenal”. Esa profunda paz del corazón, conocida sólo para los esposos cristianos, que los inunda en el momento de la unión espiritual y carnal, es la misma paz que reciben en el encuentro con Cristo durante la oración, en el sacramento de la reconciliación o en la Eucaristía. ¡Es el signo de la llegada de Cristo, en esta ocasión en el sacramento del matrimonio!
La sexualidad vivida como un don de Dios eleva al hombre por encima de sus posibilidades. Entonces se convierte en expresión de amor y como su manifestación tiene un inmenso poder de unidad...
La promesa del Evangelio respecto a la vida sexual abre anchos horizontes para el amor humano. Reafirma que la energía sexual es una fuerza realmente buena, magnífica y bella que permite vivir tanto el placer, la satisfacción, como la unión espiritual con la persona amada, la alegría de recibirla y entregarse a ella. Las vivencias experimentadas en el cuerpo son dones del Creador. Dios se manifiesta a los esposos a través del Cuerpo de Cristo, en el que reencuentran el sentido del misterio de “ser una sola carne”.
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